PARRAFOS DE DOMINGO

 

Hoy me desperté temprano para ser domingo. No dormí tan mal como otras noches, pero no tenía ganas de levantarme. Me prepare un desayuno y lo lleve al lado de la cama. Me puse a leer cosas en redes. Me detuve mucho en una discusión sobre la maternidad deseada, siempre  me parece interesante leer cosas de lo cotidiano de otras gentes, en el último tiempo cosas de mujeres. Realidades diferentes a la mía que muchas veces, igual modo, terminan en un estado emocional casi idéntico al mío, pensé. Me quede pensando eso. El desayuno se enfrió, mal. Me estire en la cama inmensa. Escuche el silencio de la casa. Tuve frio, mucho de golpe. La temperatura no es tan baja, pero no logro calentar la casa como antes. No sé si las reformas que le hice influyen o es mi sensación térmica, pero tengo frio. Me quedé ahí estirada, acostada en silencio y con frio. Cerré los ojos y las lágrimas me salieron desesperadas. No era un llanto de angustia a gritos, como otras veces, solo lagrimas húmedas de frio y de vacío. Me quede ahí, así,  un rato.

Es el mediodía de un domingo de otoño. Me sacudí la cabeza para levantarme, me enoje conmigo porque me desperté temprano y no aproveche el tiempo en algo productivo. Tengo trabajo atrasado, tengo que preparar el almuerzo, tengo lleno el canasto de la ropa sucia, tengo cosas de la casa que terminar. Las chicas duermen todavía. Enciendo la compu en la mesa de la cocina, así hago algo mientras cocino. Me pongo música que no sea tan depre para no bajonear más este domingo. Abro mail y el informe escolar de mi hija, está ahí gritando orgullo. Lo releo varias veces. Voy a su habitación, le doy un beso en la frente y vuelvo a la compu. Ya tengo el mate al lado, lo que indica que estoy lista para empezar algo productivo. El informe está ahí abierto. Tomo aire muy profundo, cierro los ojos y lo expelo despacio. Abro el whatsapp y le escribo al padre. Ese hombre que ame tanto alguna vez, con el que estuve legalmente casada, más tiempo que en los hechos, ese que me lastimo tanto, y aun lo sigue haciendo, también es el padre de esa hija que me emociona. Lo saludo con la distancia que tienen nuestras comunicaciones últimamente. Le paso el informe y le aclaro algo de las notas. Le cuento cuánto estudia nuestra hija, cuánto se esfuerza solita en su habitación nueva cursando desde la computadora. Le cuento de los elogios que recibe de sus docentes, de sus participaciones en el centro de estudiantes. Me responde que ya lo había leído, que quería felicitarla pero ella no lo deja. Resoplo agotada y pienso que sigue sin entender nada. Le escribo que el vínculo entre ellos tiene su propio recorrido y proceso, que yo le había escrito hoy, solo para compartirle lo emocionada y lo orgullosa que estoy de la hija que tenemos, y que sabía que él podía sentir lo mismo. Me responde unos minutos después, que está de acuerdo y que quiere decírselo, pero ella no lo escucha. Resoplo de vuelta y pienso cuan sin sentido es todo, si hay una pared del otro lado. Le deseo un buen domingo con distancia y algo de frialdad que es rara en mí, pero se las merece tanto. El lavarropas estruendoso me despega de la compu, me levanto despacio con el ritmo tranquilo que tiene la música que escucho.

Es la hora de la siesta. Tengo el almuerzo listo. La hija menor se fue con el padre “un rato”. Escribo esto mientras intento despertar a la mayor para no almorzar sola. Escribo porque dicen que hace bien para sanar. Me enoja la idea de tener que sanar algo.  Me duele estar tan lastimada. Me agobia mi dolor y me angustia la idea que la palabra que me describa, de un tiempo para acá sea: tristeza. Pero no encuentro otra mejor. Me justifico un poco, que quizás sea hormonal, como muchas mujeres que leí más temprano, pero sé bien adentro que eso no alcanza. Tengo frio el cuerpo y el alma. Suena - Acuarela-  en versión bossa nova. Me quedo con eso.

Termino mi relato, eso que escribo para sacarme estas sensaciones de adentro, recibo un mensaje de mi hija menor. Está con el padre, él le presento la novia sin avisarle, ni preguntarle, sabiendo que era algo que ella no quería. Le duele la cabeza dice, no quiere estar ahí también dice. La angustia se me mete adentro, otra vez. Se me cruzan los sentimientos. Vuelve el dolor. Me aparece la desesperación de verla atrapada en algo que no quiere y no puede salir. Me enojo, me duele el pecho. Levanto los platos del almuerzo, repaso el celular esperando un mensaje que me alivie. Cuelgo la ropa. Hablamos temas sueltos y banales con mi hija mayor. No sé qué hacer, ¿qué tengo que hacer? Me pregunto. Suena folclore en mi lista de reproducción, tampoco sé por qué si no me gusta, pienso. Llega mensaje que dice: “me siento mejor, me quedo”. Respiro profundo por cuarta o quinta vez en el día. No alivia pero tranquiliza.  Vuelven las lágrimas y el frio. Ambas profundas, hondas mucho más grandes que yo en mi cocina con mi computadora, intentando explicarme todo y nada. Otra vez, me veo ahí, sintiendo cosas que no logro que otros entiendan del todo. Siempre con abatimiento, y siempre con frio. Camino por la casa en silencio. Me acuerdo que deje el auto a un par de cuadras y pienso que debería acercarlo un poco para salir mañana temprano. Me miro, estoy en pijamas aun.

Dos horas pasaron desde el mensaje de mi hija. El auto ya está en la puerta de casa. Tengo un té de limón en la mano que intenta calentarme un poco, en algo. Tengo que hacer algo productivo, me reprocho. Tengo trabajo pendiente. Pienso, todo lo que tengo se define en falta, en negativos. Reviso mis sensaciones de estas dos horas y repaso mis últimos 3 años. En un ratito pase por todo eso que no quiero tener.  Es todo y es tanto lo que no elegí, lo que no me quedo otra alternativa que transitar. Es todo tan doloroso y tanto tan pesado. Muchos de mis peores miedos se cumplieron en estos tiempos. Muchas de mis peores fantasías son las que estoy viviendo. Y no puedo decir que no puedo más. No puedo dejar de vivirlas,  porque la alternativa es peor.  Quizás la tristeza que me supera es porque sé que todavía faltan más cosas como estas. Porque hay un camino empezado que se va a poner más duro con el paso del tiempo.  Suena un cover de - Dime quien me lo robo- sonrío de lo irónico que es ese título y esa letra, justo hoy, justo ahora: “ y todo lo que yo amaba, ya no es mío y se escapó, ahora estoy tan confundido, niebla y humo alrededor….” Me quedo suspendida en esa letra,  esperando que me diga cómo seguir. Que me dé una pista de hasta cuándo, cuánto falta, cuándo termina? Eso es lo que más me desespera, no saber por qué ni hasta cuándo. Me lastima no poder hablar francamente de estas cosas con nadie, sentir que los pocos que me escuchan no me pueden decir nada que me ayude, que me alivie, que me sostenga, que me acompañe, que me levante.  Y es que la falta de abrazos y de tiempos cercanos hace que no tenga ni confianza, ni amorosidad con nadie. Se me enfrió el té otra vez. Estoy apretando los labios mientras escribo para contener nuevas lágrimas.  Respiro profundo otra vez, ya perdí la cuenta cuantas veces lo hice hoy. Releo para corregir y cerrar. Me digo, total esto no lo lee nadie.  Sacudo otra vez la cabeza y abro un archivo de mi trabajo, lo miro como si fuera de otra persona. Siento eso, tanto de todo esto no me pertenece de verdad, son de otra persona. Ojala, el frio, las lágrimas y el vacío lo fueran.

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