CUANDO LA PANDEMIA TOCA A TU PUERTA
Yo andaba por
ahí, transcurriendo el año, tratando de poner en orden algunos temas
pendientes, creía que el año pasado había sido el más duro de mi vida adulta en
tantos aspectos, que pensaba que difícilmente algo podía ser peor. Había
decidido hacerme problema por las cosas importantes, resolver los problemas
cotidianos de a uno, resolver también de a una, las dificultades que trae mi
trabajo. Andaba proyectando cosas, haciendo cálculos y cuentas y tomando
medidas x acá y por allá. Me gané un curso que empezaba a fin de marzo, un
curso hiperinteresante, para reordenar esos proyectos…. Me inscribí en otro,
gratuito para ocupar la cabeza en diferentes áreas, ja!. Tenía también, decidido hacer actividad
física, así que en abril, empezaba unas clases de baile nuevas. Sí en abril,
porque en marzo las prioridades de horarios y organización las tienen mis
hijas, su escolaridad, su formación en lo que buscan hacer, etc.
Andaba x ahí,
no voy a decir que re bien, pero poniéndole onda a la cosa, vio?.
Y un día, un
bicho de mierda se bajó del avión y fue noticia acá nomás. Y todos empezamos a
prepararnos para algo tremendo, sin entender bien qué quería decir eso. Las
clases se cortaron, fuimos al super por comida para varios días, aparecieron
las colas a distancia en la verdulería.
Era raro, pero era por precaución, para cuidarnos, para que no nos pase
a nosotros, lo que pasaba allá…. Quién puede negarse a eso?, quién podría no
querer cuidarse, ni cuidar a los que más querés?.
En eso andaba,
cuidándome y cuidando a las que amo. Cuando mi mamá me escribe un mensaje y la
primera vez que lo leí, le dije que era una exagerada!!. Y ahí es cuando le das
un consejo, lo resuelven y la cosa sigue, tratando de manejar las
circunstancias en tu casa, donde sos el único adulto, y donde todo, todo, todo
es tu responsabilidad. Desde que te levantás, hasta que te acostás, todo
depende de lo que hacés. La tarea de las chicas, la comida, la limpieza, el
trabajo que quedó en suspenso, pero no tanto….las cuentas, el perro y la gata
nueva. TODO!!!!!!.
En eso andaba,
reacomodando los horarios y enojándome con la plataforma educativa del colegio
de la más chica, cuando lo que llega es un llamado y la voz de mamá diciendo
“Pachi tiene fiebre y no satura bien….”
Y entonces, mientras te tiemblan las piernas, tratas de darle calma y
pensar qué hacer… y ahí, repasas mil cosas y te tratás de convencer de otro
millón más…
Pachi, tiene
79 años y 9 meses, un epoc galopante de larga data, que le dejó sus largos años
de fumador, usa un concentrador de
oxígeno para dormir mejor. En la lotería de los casos, todos los factores de
riesgo para cualquier cosa. Pero se la banca bien en el día a día.
No es mi papá
biológico, a mí me gusta decir que es el padre que me regaló la vida, salvo por
el detalle de los apellidos diferentes, si no conocés esa parte de la historia,
ni te das cuenta porque hace, funciona, se siente y cumple con ese rol desde
tantos años para atrás, como memoria tengo. Se encontró con mi mamá, mi hermano
y yo cuando todavía eso no se usaba, allá en esa ciudad entrerriana donde todos
se conocen. Y donde los cuentos se repiten con nombre propio de boca en boca.
Mamá, tiene 70
y unos meses, muy pocas veces la vi con miedo, muy pocas. Es una abuela
cariñosa, moderna, activa y alegre. Espero haber heredado eso de ella pienso,
mientras a las dos, nos tiembla la voz en el teléfono. Organizamos los dos o
tres pasos que llevan a un médico a su casa y ver cómo seguir las instrucciones
que les deja.
Nos quedamos
esperando, latentes, que el medicamento actúe, ellos dos en su casa, yo en la
mía con mis hijas. Veintidos cuadras contamos en la bici algunos domingos,
veintidos cuadras y llegamos, me apuran mis hijas cuando hay que pedalear
cuesta arriba, veintidos cuadras que puteo pensando que era mejor ir en auto,
pero hay que hacer actividad física!!.
Mi hermanita,
ya es grande, está atenta al teléfono también. Ella vive del otro lado del
parque, cerquita por suerte, me digo. Mis hermanos varones con sus familias en
el sur. Los hijos de Pachi, en Entre Ríos. Somos un montón. “Los seis”, dice el
grupo de WhatsApp que nos reúne. Somos
un montón, tan juntos y tan separados. Repaso en mi cabeza, si tengo el
contacto de todos. Pienso si tengo dinero, por si tengo que salir rápido. Y la
voz de mi mamá otra vez me sacude la cabeza.
“Hay que
internarlo”, MIERDA, hay que internarlo, justo ahora LPM, pienso que no llegó a
darse la vacuna de la gripe, no salió de su casa más que dos veces en lo que va
de marzo, y justo ahora se agarró una neumonía. Justo ahora!!!.
Mientras viaja en la ambulancia con mi mamá al
lado y mi hermana en el auto atrás, repaso los últimos días…. “No salió” me
repito. “No estuvo en contacto con alguien que haya viajado?” me pregunto. “No,
no” me tranquilizo. “Con alguien que haya estado, con alguien que haya
viajado…..?????”. Pienso, pienso, pienso. “No! No!” Listo!. Será una neumonía
que con mala puntería se la agarró ahora, justo ahora. Respiro y empiezo a
caminar en el patio con el celu en la mano.
“Entra a
internarse bajo protocolo de aislamiento. Son las medidas de seguridad y
tratamiento en caso de emergencia en Salud Pública por las que estamos
atravesando”. Le dicen a mi hermanita, los médicos; le dicen a ella, porque mi
mamá tiene setenta y es una persona de riesgo y no puede permanecer en la
clínica, se tiene que ir a esperar las noticias al auto. “Se queda en terapia
para vigilarlo mejor”. La voz que tiembla ahora, es la de mi hermana, que
creció, para mí, en esos cinco minutos en los que duró el llamado. MIERDA!!!.
“Yo me quedo
con mamá, vos avisale a los gurises”, me pide, compartimos una calma mentirosa,
mezclada con angustia, y un poquitito de negación también. Seguro ella, repaso
en su cabeza lo mismo que yo, me digo mientras la escucho. “Les di tu teléfono
de contacto a los médicos”, me avisa. Las dos sabemos, las dos tenemos miedo,
las dos hablamos y usamos palabras como: cuarentena, protocolo, aislamiento,
factor de riesgo, diagnóstico, con una naturalidad que no reconozco en nuestras
charlas de antes. Todo ese antes que no tiene ningún sentido ahora; porque
ahora vamos a compartir eso, esas sensaciones de miedo y angustia unos cuantos
días, porque las dos vamos a ser cuidadosas con las palabras que usamos entre
nosotras, ella frente a mamá y yo frente a mis hijas. Las dos lo sabemos. No lo
decimos, pero lo compartimos. En esa llamada, sin querer y sin decirlo, nos
hicimos un pacto de respeto, de amor y de cuidado, tan inmenso como la
situación que estábamos viviendo. Hoy lo revivo, y se me confunden los
adjetivos, no estoy segura si fue maravilloso o doloroso. Creo que por lo que
aprendimos de todo esto, fue un poco de las dos cosas.
Esa noche me
encontró hablando por teléfono, con mis hermanos. Calmándonos entre nosotros,
pensando de a uno y entre todos. Repasando nuevamente los últimos movimientos
de nuestro viejo, como si a todos, eso nos garantizara que las palabras que no
decíamos, no eran. Porque si lo nombrás, aparece. Pero si no, no. No me creía
eso, ni de broma. Soy cuidadosa con las palabras, vivo de eso, es mi trabajo.
Trabajo con las palabras, las hago surgir, las modelo, las enseño, les doy
valor. Por eso mismo, no quería usarla. No quería nombrar ese bicho de mierda,
que no había manera de que le haya llegado a mi viejo desde el otro lado del
mundo. No tenía nada que hacer en una casita cualquiera de un barrio porteño.
No, si sus habitantes te rociaban de desinfectante cuando llegabas con
verduras. No, si te sacabas los zapatos en la puerta. No, si te cuidás y cuidás
a los que querés. No te llega, me decía.
Pasamos unos
días raros, los informes de los médicos, decían “está estable, satura bien. No
tiene fiebre, ni complicaciones”. Y la ansiedad se transforma en molestia….
Bueno, entonces “qué hace ahí, eh?”, me daban ganas de gritarle al teléfono.
Sí, al teléfono, porque nadie, nadie podía ir a verlo. Nadie, nadie podía salir
de su casa. Nadie, nadie podía viajar ni 1800 ni 500 km desde algún lado del
mapa, para acompañarlo. Nadie. Estamos en cuarentena, en aislamiento; para
cuidarnos y cuidar a los que queremos… Hay que ser responsables entre nosotros
y con la sociedad en la que vivimos nos dicen los medios (¡?!). Ok, está bien,
cumplimos con eso, empezando a entender lo que quería decir y para no
complicarnos más las cosas de lo que ya estaban siendo.
Pasó el cumple
de mi hermana, ahora ya crecida oficialmente, el primero en videollamadas. El
primero con esa mezcla de ganas de festejar y el miedo de que no se pueda. Su
novio, divino, le hizo una torta, soplamos todos desde las pantallas la velita
virtual que se puso de moda.
Un par de días
después, nos avisan que lo sacan de terapia y lo llevan al piso. Respiramos,
gritamos en el teléfono, llamamos a los parientes…. Hay que esperar pero seguro
va a andar bien. Respiramos, nos aflojamos, hicimos chistes. Se lo escuchaba
agitado pero con ánimo. Le habíamos logrado hacer llegar su celular. Así que
desde su habitación, en aislamiento aún por protocolo, nos llamaba de a uno por
vez y diez veces por día a mamá.
Entonces un
día, desde su celu, él mismo nos dice, “hay que volver a terapia”. Y, se cortó.
MIERDA!!!, dos horas eternas de reloj, lento hasta que logramos que nos
averigüen algo. Y una hora más, hasta que logré hablar con un médico que me
diera el parte y me diga unas cuantas pocas oraciones que fui anotando en el
diario de reportes que empecé a llevar. Yo iba escuchando, pensando,
escribiendo y repitiendo. Hasta que me escuchó decir, “son complicaciones
comunes en pacientes con cuadros de neumonía por covid (+)”. (WTF!!!! como putea mi hija menor), me freno
un segundo y le repito a la voz del teléfono, con una incredulidad de alguien
de cinco años, “covid (+)?”. La pausa de esa maldita voz, fue de dos segundos,
pero para mí, de mil años. La voz, maldita seguía afirmando que mi papá tenía
una neumonía por covid (+) y ahora tenía complicaciones. Me senté en el piso, tomé
aire y le pregunté cuáles eran los pasos a seguir, qué teníamos que hacer
nosotros?, qué tenía que hacer mi mamá que vivía con él y era persona de
riesgo?, qué tenía que hacer mi hermana y su novio que fueron los últimos que
estuvieron en contacto con él?. La voz maldita, seguía diciendo cosas con naturalidad,
“por ahora nada, sólo conductas de aislamiento, porque no es oficial, debemos
esperar la confirmación del Malbrán, puede llegar mañana o demorar diez días….”
MIERDA!!!. LPM!!!. MALDITO BICHO
DE MIERDA!!!!. CUÁNDO?. CÓMO?. DÓNDE?.
Cómo le digo
esto a mi mamá?. Cómo les digo a mis hermanos?.
Me quedé ahí
sola, sentada en el piso, con el peso de la noticia. Sola de adultos, de
abrazos contenedores, de miradas que me vean y entiendan por qué me temblaba la
mano con la birome que no pudo escribir esas palabras en el anotador, para que
no las lean mis hijas en un descuido. Sola, en el piso, nunca me sentí tan
impotente, tan enojada. Me encontré respirando profundo, en cuatro pasos, como
me enseño una amiga. Se suponía que así me calmaría. El enojo me llenaba la
cabeza, me temblaba el cuerpo, repasaba las palabras del médico, y más me
enojaba. Me encontré puteándome a mí misma, por qué no me anote en alguna clase
de yoga que me dé herramientas para pasarme esto por el cuerpo, y sacármelo de
encima. La respiración en pasos no sirvió. El enojo fue un grito en la terraza,
con el perro al lado y el celu en la mano. Y caminando en círculos, sola; me encontré llamando a mi hermana, más
nerviosa que nunca en mi vida, porque ahora sabíamos que teníamos que ocuparnos
y preocuparnos por mi mamá y por mi hermana y su novio también….
Porque el
maldito bicho, llegó a nosotros. A todos, a los seis, donde sea que
estuviéramos. Todos juntos y todos separados. Pero todos con el mismo miedo, la
misma impotencia y la misma bronca fuimos sumándonos incrédulos a las palabras
del médico. Repitiendo las frases que ahora incluía esa palabra que no decíamos
antes y nos escuchábamos en hipótesis y en respuestas que nos den fuerzas y
esperanzas. Porque la Pandemia de la tele, en un parpadeo nos había tocado la
puerta, y se había metido en los pulmones del abuelo Pachi.
Pasamos días
muy largos, eternos. Casi sin dormir de noche, despertándome sobresaltada para
mirar el celu, sentir miedo, sentir angustia. Esperar la hora en que podía
hablar con los médicos y pasar un rato largo intentando hacerlo. Escuchar las
mismas frases del otro lado del aparato, diciendo: “está estable, sin fiebre,
sin complicaciones, sigue requiriendo oxígeno en altas dosis, lo estamos
tratando bien, hay que esperar, sigue en terapia….”. Y después de ahí, contarle
a mi mamá, a mis hermanos, lo mismo. Traducirlo en palabras suaves a mis hijas,
que son chicas, pero no tanto….. y después intentar aflojar y ocuparme de otra
cosa. Pero siempre pendiente del teléfono, que no se quede sin batería, que no
suene y que la llamada sea de un número desconocido.
Así pasamos
los días, dos semanas, un poco más…. Ya llevaba tres internado, lo escuchábamos
agitado cuando nos animábamos a hablar con él por teléfono. Yo prefería los
mensajitos escritos y los emojis donde el código y el significado quedaba en lo
incierto. Como todo lo que estaba viviendo.
A esos días,
que para el resto ya venían raros, por el encierro, el aislamiento, la
cuarentena, los chicos en casa todo el tiempo, se le agregaron estos ratos de
angustia, de miedo.
Los problemas,
a los que quería empezar a darles solución, se enredaron más, se quedaron en
suspenso raro que no me daba respiro. Me complicaban los cotidiano más de lo
que necesitaba. Me vi teniendo que decirles a mis hijas, que tengan a mano ese
plan de contingencia que habíamos armado entre las tres, porque quizás en estos
tiempos debíamos ponerlo en práctica. Y me vi, con miedo de que eso pase
realmente.
El trabajo,
acorde a los tiempos de pandemia inusitada, se alteró al punto tal en el que
llegué a pensar que mientras esto dure, no podría seguir trabajando y por sobre
todo no podría cobrar nada de nada, nunca más. Les escribí a mis pacientes y
les conté mi intimidad y mis miedos y les pedí un poco de tiempo y empatía
(porque esa palabra está de moda y hoy resuelve muchas cosas). Lloré después de
ese mensaje. Y lloré con las respuestas.
Me encontré
que caminar por la terraza me ayudaba a pensar y a calmarme. Ahí podía llorar,
gritar sin voz, muy muy fuertemente. Me encontré recibiendo cariño y compañía
de amigas en otros lados del mundo, muy muy lejos y a la vez tan, tan cerca.
Pero igual, cuando frenaba mi caminar, la soledad me alcanzaba y volvía a
pegarse moldeándose a mí como la ropa que tenía puesta. Me encontré, escuchando
voces de gente dulce que me decía: “Si vos no tenés ganas, yo rezo x vos”. No
sé si era falta de ganas o de fe o qué era, yo sólo sentía enojo, creía que
tenía encima mucho, todo junto. Escuché también, “no te preocupes por las
tareas del cole, yo te las guardo” y pensé que sí que eso era mejor, que no era
momento para ocuparme de tareas del cole desordenadas, descolgadas pero sobre
todo descomprometidas. “Aprenderán otra cosa en esta cuarentena”, me dije.
Escuché también quien dijo: “no llores por eso que no vale la pena, o te presto
plata y después arreglamos, comprate lo que necesites” y me mandó un regalo
simple para mí y mis hijas que nos endulzó una de las tardes más tristes de la
cuarentena. Y pensé que bueno que tengo gente que me cuida y me quiere a pesar
del encierro y los aislamientos. Gente que te promete, “cuando esto termine te
voy a abrazar fuerte y nos tomamos unos mates” y yo pensando quiero que esto
termine, necesito esos abrazos y esos mates…..
En esas cosas
andaba, eso era lo cotidiano de la pandemia en mi caso, cuando pasaban los días
en los que al final “los seis”, agradecíamos que mi mamá nos mandara el
mensajito que decía: “un día más que pasé sin fiebre”. Porque a ella, le tocaba
la otra parte, tan o más dura que la de mi viejo, esperar y ver si se enfermaba
o no. Esperar y ver si se había contagiado o no. Esperar y ver, en otro
aislamiento extremo, ya no dentro de la clínica, si tenía síntomas o no…. Ella debe pasar
entre 14 a 21 días, sin síntomas para que estemos tranquilos, decía el médico
con esas frases que usaba tan livianamente…. Y que en realidad eran tan
pesadas.
En eso
estábamos, todos festejando cumpleaños por zoom, inventando juegos por
videollamadas, cuando un día la frase del médico cambió…., empezó a decir cosas como: “habría que pensar
qué quieren hacer, si su papá llega a empeorar, es verdad que no lo hace, pero
podría hacerlo…. qué conductas quieren tomar al respecto?”. (WTF, otra
vez!!!!!! más gritado todavía!). Qué dice este hombre?, qué le pasa?, de qué
conductas habla?, cómo se atreve a preguntarnos qué queremos hacer?. Lo que queremos
es que lo curen y lo saquen de ahí, y venga a su casa a estar con nosotros. Y
si un día se tiene que ir, porque somos conscientes de que es grande y puede
pasar, sea rodeado de su familia, acompañado de su esposa, habiéndose despedido
de sus nietos. Pudiendo dejarlo donde él nos indicó alguna vez…. Todas esas
cosas que si tenés el bicho de mierda encima no te dejarían hacer. De qué habla
este hombre?. No quiero por ninguna razón posible que mi viejo empeore. No
puedo, pensar en conductas o en directivas anticipadas para el caso de que
empeore….
Así fue como,
cuando la pandemia tocó a mi puerta me invitó a hablar con mi mamá y mis
hermanos de estas cosas. Y ahora usábamos palabras como calidad de vida,
traqueotomía, respirador, paciente de riesgo, vulnerabilidad, laboratorios
positivos, efisemas pulmonares. Todas esas cosas que sabés que quieren decir,
pero no querés que le sigan en una frase que lleve el nombre de tu viejo.
En eso
andábamos, asesorándonos, preguntando si éramos nosotros los que debíamos tomar
esas decisiones, consultando otros médicos que repetían cosas parecidas.
Teniendo más miedo que nunca. Esperando lo más triste y lo más feo que alguien se pueda imaginar para el momento de
despedir a tu papá. Pensando, cuando fue la última vez que lo vi?, le di un
beso?, y mis hijas, cuándo hicieron eso mismo?. Y empezar a guardar audios de
su voz entrecortada en el celu, y sus mensajes cariñosos de corazones y emojis
dudosos. Tratar de no perder la esperanza, porque eso es lo último, de no angustiarse
en exceso, porque eso no sirve para nada. Y llorar, cuando un desubicado te
cuenta que el padre de otra mujer se murió, en medio de todo esto, que los
tramites son tremendos e incómodos, que vos te contengas para no mandarlo a la
mierda, porque no querés ni x un segundo considerar esa idea….
En eso
anduvimos una semana más, cuando el teléfono sonó y la voz del médico de
siempre te dice “pensamos que lo mejor es que salga de terapia, y esté más cómodo”.
El nudo en la panza te dobla el alma. Querés emocionarte porque va a estar más cómodo,
pero si empeora. Yo lo quiero cómodo y bien, no quiero ni pensar en si empeora
(esa palabra rara que mezcla ponerse mal con el tiempo en que lo hace). Igual
festejamos, porque así y todo es un logro que siga estable y salga de terapia,
y en líneas generales todos llevamos un poco de la alegría de mi madre adentro;
y eso seguro no se pierde.
Cambiaron los
médicos, cambiaron los tipos de partes que recibíamos, cambiaron los resultados
de los estudios que le hacían, llegue a escuchar: “si ves la tomografía que le
hicimos de sus pulmones, no podemos entender cómo hace para respirar” y un
“mierda!” se me atravesaba en la garganta, sin decir. Seguía el miedo, seguía la
angustia. Dos semanas más. Cuántas van ya?; perdí la cuenta en días, en miedos,
en kilómetros que caminé dando vueltas en la terraza con el perro, al único que
veía contento con esa rutina. Aprendí a respirar en cuatro tiempos, aprendí a
entrar en llamadas grupales con el celu y hablar de otras cosas, y aprendí a
escuchar lo que no me preguntaban esas amigas para no ponerme mal. Me encontré
una tarde pensando si era posible estar viviendo tantas cosas juntas, sin
siquiera salir de casa.
En eso estaba
cuando una de esas tardes, la voz del médico tenía otro tono, le empecé a
prestar atención cuando apareció la frase: “el resultado del laboratorio indica
un covid (-)”. Por primera vez entendí la expresión: me volvió el alma al
cuerpo (literal como dice mi hija mayor, ante todo lo que es así, tal como lo vive)
y sin entender y con la misma incredulidad de la vez pasada, pero mezclada de
alegría esta vez, me encontré pensando cómo preparar en la casa de mis viejos
un espacio de aislamiento extremo, para que pueda estar en su casa, pero sin
(aún) compartir nada con mi mamá que seguía siendo persona de riego, ni con mi
hermana y su novio que estaban encargándose de todo esos menesteres en lo que
vamos de internación, cuarentena, aislamiento;
cuando la llamada terminó, miré a mis dos hijas que se habían sentado
conmigo en el piso y les dije: “al
abuelo le van a dar el alta”, gritamos, lloramos y dimos saltitos bobos las
tres abrazadas. El “llamemos a la
abuela” nunca tuvo una dulzura tan impregnada como ese día. Pusimos el teléfono
en alta voz, y nos aseguramos que nos escuche bien y tranquila. Como cada vez
que queríamos hacerle llegar algo con una moto, le pregunté, si tenía algo que
hacer esa tarde porque le pensaba mandar un paquete ENORRRRRRME ENORME DE
REGALO. Ella preocupada por mi economía, repetía: “no te pongas en gastos nena,
no hace falta nada….” Así que le tuve que decir que se prepare, que el paquete
llegaba en ambulancia desde la clínica y no tenía devolución en varios días.
Cuando mi mamá entendió mi chiste malo, volvieron los gritos, volvieron las
lágrimas, los saltitos bobos y la llamada se llenó de silencio de voces
entremezcladas y quebradas.
Todo el resto
fue una catarata de trámites, corridas, risas, nervios, más llamadas, pedidos y
más nervios y más llamadas y más órdenes de cosas cruzadas entre nosotros.
Nervios, incredulidad y miedos de otro color pero miedos igual.
Entonces al
chat de WhatsApp de “Los seis”, llegó un video increíblemente hermoso de mi
viejo, bajando de una ambulancia en su casa, acompañado de dos marcianos de
blanco que se notaba se reían a pesar de las máscaras. Y mi mamá recibiéndolo
detrás de una puerta a más de dos metros de distancia, gritándole su alegría al amor que llegaba. Me
quedé sin palabras, repetí el video varias veces, a la par de mi taquicardia.
Ese mismito
día, alguien que se enojó conmigo, me mandó a que me pudra en el infierno. Me
acuerdo que lo escuché y sonreí de lo ridículo que sonaba, pensé llegó tarde
con la idea. No entendió que ahí había estado yo, durante 28 días de angustia y ya estaba de vuelta….
Porque cuando
la pandemia te toca la puerta, todo es una mierda. Todo se vuelve color covid,
que aterra. Pero en la época de los aislamientos y las cuarentenas, se pueden
romper distancias sin salir de casa, se puede ganarle al bicho de mierda aunque
tengas casi 80. Se puede mantener la esperanza y alguna que otra vela
encendida, y darle batalla a los miedos y no perder la alegría. Y rescatar
siempre algo bueno de todo eso. Se puede crear y sentir, un nuevo concepto de
la palabra “acompañar”. Se puede ver crecer un lazo de unidad, que te hermana
más que la sangre. Se puede reconocer que lo verdaderamente importante estuvo
en el abrazo de mis hijas, las llamadas de abrigo, los consejos desinteresados,
el cariño compartido de mil maneras. Porque cuando la pandemia te toca a la
puerta, te abre el alma a infinitas sensaciones y te da la oportunidad de
aprender (por si no lo sabías) que el amor se contagia siempre.
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